Es la hora
del recreo, todos los niños salen a jugar al patio, se muestran muy felices
hasta que llega el matón de la clase. Ese que te saca una cabeza y 25 kilos. En
el momento en el que se acerca lo ves todo magnificado: parece que el suelo
retumba, su sombra se apodera de ti y cada palabra que pronuncia te parece
infinita y peligrosa. Lo que aquel matón quiere es tu almuerzo, y te lo coge a
ti porque eres el más débil.
Pasan las
semanas y la situación se repite. El chico fuerte va hacia el más débil, el
fuerte engorda más y el débil se queda otro mediodía sin comer. Hasta que a la
enésima vez el chico débil reacciona consiguiendo que la situación no se vuelva
a repetir. La reacción del chico débil marcara su nueva actitud y solo existen
dos tipos de cambio:
1) El chico débil pega al fuerte, acaba siendo
respetado por todos y su popularidad aumenta. Esa popularidad lleva al antiguo
chico débil a crecerse y se convierte en el chico fuerte, empieza a abusar de
los demás. Es decir, acoge la actitud del macarra. Esta es la actitud que la
mayoría de chicos débiles acoge.
2) El chico
débil ve que no puede con el chico fuerte así que intenta aliarse a él. Lo
consigue haciendo el tonto, haciendo reír al fuerte. De esta manera el chico
débil da lugar al payaso de la clase.
John Meyer
decidió ser el payaso de la clase.
Ese chico pelirrojo con gafas y enclenque
que no caía bien a nadie por lo rarito que parecía, de repente se convirtió en
el payaso de la clase. La profesora se
hartó de él y sus notas empezaron a bajar.
Aunque John
solo descubre que es verdaderamente gracioso cuando, sin buscarlo, hace reír a
carcajada limpia a la chica más guapa de la clase. Esa sonrisa desató en John
un interés obsesivo por la comedia. Sabía que no era atractivo pero descubrió
que podía resultar interesante para las chicas a través de la risa.

John
disfrutaba de los paseos por el centro comercial los sábados por la mañana con
su madre. En especial, cuando al final, como premio, su madre le compraba la
revista Mad. Una revista cómica muy
famosa en los Estados Unidos que influyó en el humor de la mayoría de los
guionistas de Los Simpson y también
en el propio John.
Al leer
asiduamente esa revista John comprendió que alguien hacia que las cosas fuesen
graciosas, comprendió que existía el oficio de cómico. Es entonces cuando
decide que quiere hacer reír como profesión.
Se convierte
en un devorador compulsivo de comedia: idolatraba las comedias alocadas de John
Belushi, las peripecias de los Monty Python y se quedaba anonadado con los irrisorios
monólogos de Eddie Murphy.
A través de
aquellas influencias empieza a crear su estilo y con 17 años decide dar el
primer paso, se presenta al club de comedia de su ciudad: lo tenía muy bien
preparado, estaba confiado y convencido de que al público le iba a gustar el
material que había creado. Pero en realidad no dura en el escenario ni cinco
minutos; el sonido de los tacones de la camarera le puso nervioso, titubeó y
marchó sin cerrar su monólogo.
Aquel fue un
golpe duro para el joven John. El soñaba con llenar el Comedy Store y hacer
reír a David Letterman pero quizás aquellos sueños eran simples desvaríos de un
inocente chaval.
John Meyer
siguió vagando por sus ilusas ideas, hasta que un día, viendo un episodio de Seinfeld, se percató de algo: la comedia
no es comedia sin el drama. La comedia se alimenta del drama. Así que John
entró hasta las entrañas de sus recuerdos más dolorosos y de allí sacó su
creatividad cómica.
Fue sincero
consigo mismo y recordó los maltratos físicos de su padre hacia su madre y
hacia él mismo. Los insultos y perrerías que su hermana mayor le hacía por ser
el pequeño. Los innumerables rechazos
amorosos que sufrió. Incluso los comentarios despectivos de su abuela hacia él
que acabó por provocar en John graves problemas de inseguridad.
Esos
momentos dramáticos John los mitificó en comedia y su estiló empezó a
popularizarse. Le llevó a lo que siempre había soñado: a llenar el Comedy Store
de Los Ángeles y hacer un monólogo en el programa de David Letterman.

La fachada
del Comedy Store infundía respeto a John. La fachada está compuesta por el
icono de Tony Clifton, alter ego de Andy Kaufman, y algunas de sus mejores
frases. John admiraba la obra de Andy. Esa fachada le servía a John de
inspiración para encarar la actuación, de coger el micrófono y hacer reír a
todos los presentes. En el Comedy Store se sentía como en casa, se sentía
querido.
Una de
aquellas noches en el Comedy Store conoció a una joven cómica que le hizo de
telonero: aquella chica de larga melena rubia, llamada Linda, estaba muy
nerviosa; había perdido las notas que se había preparado pero John consiguió
tranquilizarla y le dio una serie de temas de los que podía hablar. Los
consejos de John le sirvieron a Linda. Después de la actuación de ambos, se
encontraron en el club bebiendo whisky y hablando sobre sus cómicos favoritos.
La química entre ambos era inevitable.
Empezaron una
relación seria y con ello la etapa más feliz de John: pasó a ser la estrella
del programa nocturno Saturday Night Live,
se dirigía en cohete al centro del universo, y su popularidad no hizo nada
más que crecer.
El
nacimiento de su hijo dio paso a una etapa agridulce: acabó aceptando papeles
en películas de Hollywood por cantidades indecentes de dinero. Tenía una
mansión en Beverly Hills donde cuidaba de su hijo y contemplaba a su bella
mujer, parecía que había cumplido el sueño americano. Hasta que un día su padre
murió: John se deprimió mucho y la razón principal fue porque nunca fue capaz
de hacer reír a su padre. Su padre era su mayor crítico. Era capaz de hacer
reír a millones de personas en todo el mundo pero nunca fue capaz ni de sacar
una triste sonrisa a su padre. Su padre siempre le miró como a un payaso, para
él aquello no era una forma digna de ganarse la vida.
John se
sentía aturdido e inseguro. No podía apenas cuidar de su hijo porque se pasaba
media vida entre rodaje y rodaje, por lo tanto tampoco tenía tiempo para su
mujer. Estaba tan ocupado que hasta él mismo confundía persona y personaje. En
su camerino las botellas vacías de whisky se amontonaban en el suelo. Linda no
aguantaba esa situación y pidió el divorcio, ella quería ser parte de una
familia normal y corriente pero su marido estaba empeñado en ser la mayor
estrella del planeta. La persona que más sonrisas provocaba en todo el mundo
solo provocaba llantos en su mujer.
John cesó
ante su popularidad y empezó a follarse a desconocidas, unas groupies que
habían crecido viendo al propio John por televisión. John, con la ausencia de
su familia, se convirtió en un hedonista; no faltaba las noches de putas y
cocaína.
Con sus
vicios llegó el descenso de su popularidad. Ya no era una estrella de Hollywood
y Linda no le dejaba ver a su hijo porque siempre tenía alguna fulana
abalanzándose sobre su cuello.
John pasó a
ser una estrella de la televisión: una serie cómica donde los protagonistas se
estaban buscando las cosquillas constantemente unos a otros. Una serie que
carecía de cualquier tipo de calidad pero que obtenía grandes audiencias. De
esa manera John seguía teniendo su cheque semanal con un montón de ceros.
Pero un día
la cadena se hartó de que apareciera borracho a actuar o incluso había
ocasiones en las que ni aparecía, así que la cadena canceló la serie y con ella
los cheques semanales desaparecieron.
John volvió
a pedir disculpas a Linda y a su hijo que ya iba a la universidad. Pero su hijo
no le quería ni ver, no había asistido a ninguno de sus últimos trece
cumpleaños. También pidió disculpas a su hermana por pasar de ella y no
ayudarla nunca económicamente con su peluquería, una peluquería que acabó por
cerrar y que tuvo un montón de deudas. John pagó dichas deudas pero el daño ya
estaba hecho.
Un día John
se despertó en el Chateu Marmont rodeado de prostitutas y alcohol. Sabía que no
era feliz viviendo aquella vida. Recordó
su etapa más feliz: era cuando se mudó a Los Ángeles a actuar al Comedy Store
cuando apenas era conocido. Por aquel entonces las risas de los presentes hacia
sus chistes eran reales y no el de las risas enlatadas. Apenas le daba para
pagar el alquiler en Santa Mónica pero era feliz con sus colegas de profesión y
con Linda.
Quería
volver a sentir la adrenalina de subir a un escenario y hacer reír a un público
expectante y exigente. Llamó al Comedy Store y dijo que esa misma noche John
Meyer volvía a los escenarios.
Se preparó
un buen monólogo hablando de su farandulera actual vida pero los nervios
pudieron con él. Se sentía como un novato solo que esta vez no mermaba sus
nervios mojándose la cara sino con unas rayas y grandes dosis de alcohol.
Estaba en su
camerino totalmente puesto cuando le llamaron para entrar, se oía el extenuante
ruido del público aplaudiendo. Apenas podía andar pero llegó hasta el escenario
ante la felicidad del público que esperaba
el recital de su ídolo. Sin embargo el micrófono no llegó a sonar, John Meyer
yacía muerto en el lugar donde más querido se sintió.
John Meyer
fue otro payaso triste. Otro chico que empezó a ser gracioso por quitarse al
matón de clase de encima y por hacer reír a las chicas. John Meyer ya forma parte
del club de los payasos tristes como John Belushi, Chris Farley o Robín
Williams. Esos chicos que disfrazan su tristeza en forma de comedia.
*John Meyer
no existe, es producto de mi imaginación.
Siempre he estado interesado en la dualidad de la comedia. La historia
del cine cómico no se entendería sin la aportación de los payasos tristes:
Chaplin, Woody Allen, Bill Murray… la lista de cómicos que han sufrido y sufren
fuertes depresiones es inmensa. Sin ellos el mundo sería menos feliz. Se trata
de una dualidad entre lo cómico y lo triste en la que yo suelo encontrarme.