sábado, 20 de junio de 2015

Aquel payaso triste


Es la hora del recreo, todos los niños salen a jugar al patio, se muestran muy felices hasta que llega el matón de la clase. Ese que te saca una cabeza y 25 kilos. En el momento en el que se acerca lo ves todo magnificado: parece que el suelo retumba, su sombra se apodera de ti y cada palabra que pronuncia te parece infinita y peligrosa. Lo que aquel matón quiere es tu almuerzo, y te lo coge a ti porque eres el más débil.
Pasan las semanas y la situación se repite. El chico fuerte va hacia el más débil, el fuerte engorda más y el débil se queda otro mediodía sin comer. Hasta que a la enésima vez el chico débil reacciona consiguiendo que la situación no se vuelva a repetir. La reacción del chico débil marcara su nueva actitud y solo existen dos tipos de cambio:

 1) El chico débil pega al fuerte, acaba siendo respetado por todos y su popularidad aumenta. Esa popularidad lleva al antiguo chico débil a crecerse y se convierte en el chico fuerte, empieza a abusar de los demás. Es decir, acoge la actitud del macarra. Esta es la actitud que la mayoría de chicos débiles acoge.
2) El chico débil ve que no puede con el chico fuerte así que intenta aliarse a él. Lo consigue haciendo el tonto, haciendo reír al fuerte. De esta manera el chico débil da lugar al payaso de la clase.
John Meyer decidió ser el payaso de la clase.
Ese chico pelirrojo con gafas y enclenque que no caía bien a nadie por lo rarito que parecía, de repente se convirtió en el payaso de la clase.  La profesora se hartó de él y sus notas empezaron a bajar.

Aunque John solo descubre que es verdaderamente gracioso cuando, sin buscarlo, hace reír a carcajada limpia a la chica más guapa de la clase. Esa sonrisa desató en John un interés obsesivo por la comedia. Sabía que no era atractivo pero descubrió que podía resultar interesante para las chicas a través de la risa.


John disfrutaba de los paseos por el centro comercial los sábados por la mañana con su madre. En especial, cuando al final, como premio, su madre le compraba la revista Mad. Una revista cómica muy famosa en los Estados Unidos que influyó en el humor de la mayoría de los guionistas de Los Simpson y también en el propio John.
Al leer asiduamente esa revista John comprendió que alguien hacia que las cosas fuesen graciosas, comprendió que existía el oficio de cómico. Es entonces cuando decide que quiere hacer reír como profesión.
Se convierte en un devorador compulsivo de comedia: idolatraba las comedias alocadas de John Belushi, las peripecias de los Monty Python y se quedaba anonadado con los irrisorios monólogos de Eddie Murphy.


A través de aquellas influencias empieza a crear su estilo y con 17 años decide dar el primer paso, se presenta al club de comedia de su ciudad: lo tenía muy bien preparado, estaba confiado y convencido de que al público le iba a gustar el material que había creado. Pero en realidad no dura en el escenario ni cinco minutos; el sonido de los tacones de la camarera le puso nervioso, titubeó y marchó sin cerrar su monólogo.
Aquel fue un golpe duro para el joven John. El soñaba con llenar el Comedy Store y hacer reír a David Letterman pero quizás aquellos sueños eran simples desvaríos de un inocente chaval.

John Meyer siguió vagando por sus ilusas ideas, hasta que un día, viendo un episodio de Seinfeld, se percató de algo: la comedia no es comedia sin el drama. La comedia se alimenta del drama. Así que John entró hasta las entrañas de sus recuerdos más dolorosos y de allí sacó su creatividad cómica.

Fue sincero consigo mismo y recordó los maltratos físicos de su padre hacia su madre y hacia él mismo. Los insultos y perrerías que su hermana mayor le hacía por ser el pequeño.  Los innumerables rechazos amorosos que sufrió. Incluso los comentarios despectivos de su abuela hacia él que acabó por provocar en John graves problemas de inseguridad.
Esos momentos dramáticos John los mitificó en comedia y su estiló empezó a popularizarse. Le llevó a lo que siempre había soñado: a llenar el Comedy Store de Los Ángeles y hacer un monólogo en el programa de David Letterman.


La fachada del Comedy Store infundía respeto a John. La fachada está compuesta por el icono de Tony Clifton, alter ego de Andy Kaufman, y algunas de sus mejores frases. John admiraba la obra de Andy. Esa fachada le servía a John de inspiración para encarar la actuación, de coger el micrófono y hacer reír a todos los presentes. En el Comedy Store se sentía como en casa, se sentía querido.

Una de aquellas noches en el Comedy Store conoció a una joven cómica que le hizo de telonero: aquella chica de larga melena rubia, llamada Linda, estaba muy nerviosa; había perdido las notas que se había preparado pero John consiguió tranquilizarla y le dio una serie de temas de los que podía hablar. Los consejos de John le sirvieron a Linda. Después de la actuación de ambos, se encontraron en el club bebiendo whisky y hablando sobre sus cómicos favoritos. La química entre ambos era inevitable.
Empezaron una relación seria y con ello la etapa más feliz de John: pasó a ser la estrella del programa nocturno Saturday Night Live, se dirigía en cohete al centro del universo, y su popularidad no hizo nada más que crecer.


El nacimiento de su hijo dio paso a una etapa agridulce: acabó aceptando papeles en películas de Hollywood por cantidades indecentes de dinero. Tenía una mansión en Beverly Hills donde cuidaba de su hijo y contemplaba a su bella mujer, parecía que había cumplido el sueño americano. Hasta que un día su padre murió: John se deprimió mucho y la razón principal fue porque nunca fue capaz de hacer reír a su padre. Su padre era su mayor crítico. Era capaz de hacer reír a millones de personas en todo el mundo pero nunca fue capaz ni de sacar una triste sonrisa a su padre. Su padre siempre le miró como a un payaso, para él aquello no era una forma digna de ganarse la vida.

John se sentía aturdido e inseguro. No podía apenas cuidar de su hijo porque se pasaba media vida entre rodaje y rodaje, por lo tanto tampoco tenía tiempo para su mujer. Estaba tan ocupado que hasta él mismo confundía persona y personaje. En su camerino las botellas vacías de whisky se amontonaban en el suelo. Linda no aguantaba esa situación y pidió el divorcio, ella quería ser parte de una familia normal y corriente pero su marido estaba empeñado en ser la mayor estrella del planeta. La persona que más sonrisas provocaba en todo el mundo solo provocaba llantos en su mujer.

John cesó ante su popularidad y empezó a follarse a desconocidas, unas groupies que habían crecido viendo al propio John por televisión. John, con la ausencia de su familia, se convirtió en un hedonista; no faltaba las noches de putas y cocaína.


Con sus vicios llegó el descenso de su popularidad. Ya no era una estrella de Hollywood y Linda no le dejaba ver a su hijo porque siempre tenía alguna fulana abalanzándose sobre su cuello.
John pasó a ser una estrella de la televisión: una serie cómica donde los protagonistas se estaban buscando las cosquillas constantemente unos a otros. Una serie que carecía de cualquier tipo de calidad pero que obtenía grandes audiencias. De esa manera John seguía teniendo su cheque semanal con un montón de ceros.
Pero un día la cadena se hartó de que apareciera borracho a actuar o incluso había ocasiones en las que ni aparecía, así que la cadena canceló la serie y con ella los cheques semanales desaparecieron.
John volvió a pedir disculpas a Linda y a su hijo que ya iba a la universidad. Pero su hijo no le quería ni ver, no había asistido a ninguno de sus últimos trece cumpleaños. También pidió disculpas a su hermana por pasar de ella y no ayudarla nunca económicamente con su peluquería, una peluquería que acabó por cerrar y que tuvo un montón de deudas. John pagó dichas deudas pero el daño ya estaba hecho.

Un día John se despertó en el Chateu Marmont rodeado de prostitutas y alcohol. Sabía que no era feliz viviendo aquella vida.  Recordó su etapa más feliz: era cuando se mudó a Los Ángeles a actuar al Comedy Store cuando apenas era conocido. Por aquel entonces las risas de los presentes hacia sus chistes eran reales y no el de las risas enlatadas. Apenas le daba para pagar el alquiler en Santa Mónica pero era feliz con sus colegas de profesión y con Linda.

Quería volver a sentir la adrenalina de subir a un escenario y hacer reír a un público expectante y exigente. Llamó al Comedy Store y dijo que esa misma noche John Meyer volvía a los escenarios.
Se preparó un buen monólogo hablando de su farandulera actual vida pero los nervios pudieron con él. Se sentía como un novato solo que esta vez no mermaba sus nervios mojándose la cara sino con unas rayas y grandes dosis de alcohol.

Estaba en su camerino totalmente puesto cuando le llamaron para entrar, se oía el extenuante ruido del público aplaudiendo. Apenas podía andar pero llegó hasta el escenario ante la felicidad  del público que esperaba el recital de su ídolo. Sin embargo el micrófono no llegó a sonar, John Meyer yacía muerto en el lugar donde más querido se sintió.

John Meyer fue otro payaso triste. Otro chico que empezó a ser gracioso por quitarse al matón de clase de encima y por hacer reír a las chicas. John Meyer ya forma parte del club de los payasos tristes como John Belushi, Chris Farley o Robín Williams. Esos chicos que disfrazan su tristeza en forma de comedia.


*John Meyer no existe, es producto de mi imaginación.  Siempre he estado interesado en la dualidad de la comedia. La historia del cine cómico no se entendería sin la aportación de los payasos tristes: Chaplin, Woody Allen, Bill Murray… la lista de cómicos que han sufrido y sufren fuertes depresiones es inmensa. Sin ellos el mundo sería menos feliz. Se trata de una dualidad entre lo cómico y lo triste en la que yo suelo encontrarme.