viernes, 20 de enero de 2017

NO TENEMOS MEMORIA

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Mediados de los 80. Nos situamos en el país de los grandes sueños y las crueles mentiras; Estados Unidos. Una noche cualquiera, un ciudadano norteamericano enciende su televisor después de un arduo día en la oficina. Lo primero que escucha es una canción empalagosa y edulcorada de una sitcom familiar. Las sitcoms de los 80 siguen todas el mismo arquetipo: familias, completas, metiéndose en insignificantes líos como en El Show de Bill Cosby. Una esposa materialista y una hija un tanto fresca como en Matrimonio con hijos. O un vecino tocapelotas pero entrañable como en Cosas de Casa (Urkel). Después de tirarse de los pelos, entre ellos, durante todo el episodio, al final se reúnen en el salón, se sientan en el sofá y ven su serie favorita mostrando unas forzadas sonrisas.



Esa es la percepción nostálgica de la sociedad norteamericana de los años 80: familias felices y la lucha del bien contra el mal como en Star Wars. Pero la percepción real dista mucho de ser dulce: la realidad estaba representada por los tiburones de Wall Street, por la personificación de Gordon Gekko. Tipos maquiavélicos que especulaban con el mercado sin importarles, en absoluto, los mil empleados que acababan de dejar sin trabajo. Lo único que importaba era estar a la altura del vecino en ostentosidad; un nuevo porsche para el garaje y un nuevo diamante para la rubia despampanante que decía ser su mujer.

Donald Trump fue el máximo exponente de Wall Street en aquella época y se ha aprovechado de la nostalgia, y de la mala memoria, para llegar a ser el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos.

LA NOSTALGIA

Paul Manafort fue el jefe de la campaña electoral de Trump hasta que, en el pasado agosto, se hizo pública su relación con el gobierno ucraniano y el cobro de millones de euros a su nombre. Paul fue la persona que ideó el slogan más falso de cualquier campaña publicitaria jamás creada; "Make America great again"
Un slogan basado en la nostalgia. En la época de los superhéroes, en los westerns de John Wayne y la fuerza del hombre que nunca expresaba sus sentimientos como Cary Grant. Donald Trump consiguió entrar en los recuerdos de millones de personas basándose en su niñez.

Paul Manafort también se crió en los años 50. Paul Manafort también venía de una familia de constructores. Y Paul Manafort también formó parte de la campaña electoral de otro personaje público y de dudosos conocimientos políticos; Ronald Reagan. El señor Reagan ganó las elecciones de 1980 con el slogan-Make America great again- es decir, Paul Manafort y su equipo han utilizado exactamente LA MISMA ESTRATEGIA para llevar a la persona más egolatra y mezquina del planeta a la casa blanca. Pero ningún gran medio quiso recalcarlo. Ningún gigante de la comunicación quiere tener entre su público a gente avispada y curiosa. Prefieren que no tengan recuerdos reales porque 1980 fue hace mucho tiempo.

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El ingrediente más importante de la nostalgia es el miedo. La incertidumbre del futuro nos provoca acomodarnos en el pasado e idealizamos lo que nosotros pensamos que fueron tiempos mejores: mi generación pertenece al máximo exponente de la cultura pop, de los videos musicales de la MTV, de los pokemons y los múltiples peinados de Rachel Green. Es una época que recuerdo con nostalgia y melancolía pero en realidad no fue una buena etapa. Ocurrieron una serie de desgracias que condicionaron mi entorno y forjaron mi actual personalidad. La idealizo porque me resulta amena, pero mi percepción no es objetiva.
Los votantes de Trump deberían preguntarse si aquella época de grandeza fue tan maravillosa como él dice que fue.

EL EGO

Al contrario que nosotros, Donald Trump sí tiene memoria. Es un tipo rencoroso con el añadido de tener un ego más grande que su cintura. Ha utilizado cualquier artimaña para acabar con aquellos que algún día estuvieron en su contra. Su ego se alimenta a base de críticas y rumores a personas o grupos sociales sin ningún tipo de veracidad. No la necesita, porque está haciendo lo mismo que hacía en los 80; especular.

El ego de Trump forma parte de su personaje. Si a los mayores les ha engatusado con la nostalgia, a sus votantes más jóvenes lo han conseguido a través del YO: vivimos en una sociedad que necesita sentirse querida constantemente y para ello nos sumergimos en las redes sociales. Para tener mas likes, más comentarios, más repercusión. Disfrazamos la realidad, nos convertimos en marcas.
Rosa Poca Cosa se siente acomplejada y por ello sube fotos a Instagram enseñando toda la carne posible. Su ego aumentará gracias a los numerosos me gustas de la manada de buitres. Por su parte Johnny Bravo sube fotos de su tableta de chocolate con una frase filosófica para que Rosa Poca Cosa vea lo profundo que es ese cerebro de mosquito.

Pero nosotros no podemos criticar los desvarios de Rosa y Johnny por las redes sociales porque aparecerá la secta de lo políticamente correcto. Esa secta que reivindica la sociedad de gominolas y arcoíris que ellos creen que están creando. Si un tío con el pene de Nacho Vidal, y el pelo en pecho de Lobezno, de la noche a la mañana, se siente hermafrodita tú no le puedes decir nada porque es un ser que se siente incómodo con su cuerpo. Si ves a otro tío meneándosela contra un árbol tú tampoco puedes decir nada porque está descubriendo su orientación sexual...MENTIRA. Solo quieren llamar la atención, ser protagonistas de lo absurdo. Ésta secta ha provocado con su libertad, y dejar hacer, que personajes como Donald Trump acaben presidiendo el planeta.

NUESTRA MALA MEMORIA

Mariano Rajoy, al inicio de su etapa presidencial, vendió a los países árabes el proyecto que podría habernos salvado del abismo; el proyecto de las energías renovables. Pero nadie se acuerda.
En 1992 los que ahora dicen ser políticos independentistas alzaron la bandera española en Montjuic. Pero nadie se acuerda.
Aunque es normal que no nos acordemos ni de lo que hemos comido hoy; somos receptores de tendencias, no de noticias. Abrazamos la efemeridad: nos congelamos con el ice bucket, nos creímos creativos con el mannequin challenge y paseamos 15 km por un puto Charizard que salía en el Pokemon GO ese que ya nadie juega. Nuestra actual mente está programada para atender 10 segundos pero no hemos prestado atención durante esos 10 segundos porque nos hemos puesto a ver algún, insulso, vídeo de Jorge Cremades.

Confundimos calidad con cantidad: ahora solo importa el número de reproducciones en Youtube, da igual que sea un vídeo del Rubius tomando la medicación de su abuela. El vídeo tiene 20 millones de reproducciones y eso es la hostia. Pero la obsesión por las cifras va mucho más allá. Llega a los medios de comunicación que ya no les importa si la noticia es real o no porque lo único que importa es el número de clicks que ha recibido para justificar sus tarifas publicitarias. Y a consecuencia de ello cada vez nos cuesta más diferenciar entre noticias reales y noticias publicitarias.
Un servidor estaba buscando información por la red sobre semillas transgénicas. Uno de los enlaces me llevó a los maravillosos nuevos cosméticos de la encantadora Paula Echevarría (nótese la ironía) y acabé visitando su blog y observé su fabuloso peinado. Al final acabé comprándome un pintalabios. ¿Qué paso con las semillas transgénicas? no sé, no tengo ni idea. No lo recuerdo.

En un futuro muy cercano, la educación se basará en la búsqueda, no en el conocimiento. Es decir, la capacidad del niño para buscar en Google, por ejemplo, los ríos más importantes de España. El niño ya no tendrá por que saber las desembocaduras, ni los principales afluentes. Le bastará con una búsqueda. Rápidamente pasará a otro tema. Se premiará la capacidad y velocidad del niño/a para simplificar las búsquedas. Eso es muy triste.

Estamos tan obsesionados con compartir que nos hemos olvidado de vivir: visitamos Londres y lo primero que hacemos es un Snapchat en vez de vivir el momento. Corremos una media maratón y a continuación compartimos nuestra estupenda marca. Tenemos una cena de amigos y lo que hacemos es compartir un vídeo en directo en vez de disfrutarlo. Llegará un momento en el que recibiremos tanta información ruidosa que explosionaremos. Estaremos tan hartos de distorsionar nuestra propia memoria y realidad que eliminaremos el maldito Facebook y volveremos a hacer las cosas como siempre se han hecho: una conversación entre dos personas, cara a cara, sin filtros ni puñeteros me gustas. No queremos ser unos autómatas para Google y Facebook. Ellos quieren controlar nuestros gustos e inquietudes.

SOY UN HIPÓCRITA 

Sí, lo soy, porque yo también le doy likes a Rosa Poca Cosa. Soy hipócrita porque yo también he subido fotos a lo Johnny Bravo. Soy hipócrita porque yo también he perdido decenas de horas viendo videos absurdos que no me aportaban nada. No debería de importarme qué narices sube mi mejor amigo del instituto si hace cinco años que no se nada de él y probablemente nuestra amistad debería haber acabado hace cinco años, si alguno de los dos le hubiese importado, nos hubiésemos puesto en contacto. Debería dejar de googlear lugares que me gustaría visitar, debería coger la mochila, dejar todo atrás y contemplar el mundo en su esplendor. Y debería dejar de whatssapear boberías a fulanita, debería presentarme ante ella y arriesgarme al sí o al no, como se hacia antes.

Este mundo del internet 2.0 me recuerda al final de El club de la lucha: dos inadaptados observan como ese mundo, que no comprendían, se derrumba ante sus ojos. Tyler coge de la mano a Marla y la dice-Me has conocido en un momento extraño de mi vida-

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