domingo, 29 de octubre de 2017

Mi razón, sin razón

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Buscaba razones para seguir indagando en mi holgazanería. Motivos para seguir bebiendo en las peores tascas de la ciudad, hasta perder el sentido. Excusas para no llegar a casa antes de las nueve de la mañana. Razones que basaba en mi juventud, en mis malas o buenas notas, en encontrar o no un empleo, o, incluso, en celebrar que era otro maldito viernes de un febrero lluvioso y frío. Pero, en realidad, no tenía razón, no tenía ningún tipo de justificación: me gustaba ir de tasca en tasca manteniendo conversaciones banales que olvidaría a la media hora. Me gustaba pasar noches en barrios de mala muerte para mantener una conversación de alcohólicos y drogadictos con vete tú a saber quién.  Me gustaba ser un desgraciado.

Me gustaba ir de poeta maldito, me justificaba en que sin caos en mi vida, no se podía dar lugar a una estrella. En realidad, era otra triste razón para seguir bebiendo y holgazaneando. Me creía una especie de Bukowski o Hank Moody, pero no les llego ni a las suelas de los zapatos, ni tan siquiera soy tan borracho.

Iba con una cerveza en la mano paseándome por todos los salones de juego y casas de apuestas de la ciudad. Mi razón era utilizar mi mermada inteligencia para que la diosa fortuna me generara la satisfacción de una seguridad económica para iniciar proyectos personales. Pero, una vez más, no tenía razón: el ruido de las máquinas, el dinero instantáneo, sin esfuerzo, me provocaba una reacción que desataba todos mis vicios; cogía el dinero y me pimplaba otra botella de whisky sin miramientos.

Como Johnny Cash, reconocí la perfección cuando la vi. Se presentó con una exuberante melena oscura. Me crie con la idea equivocada del amor romántico, del flechazo a primera vista, de las películas empalogasas de Meg Ryan y John Cusack. Pero, al igual que le pasó a Johnny Cash, mi búsqueda impaciente dio lugar al silencio, a la indiferencia e, incluso, al ostracismo.  Base mi defensa en la injusticia, en un trato desfavorable y en los caprichos de un corazón herido. Sin embargo, no tenía razón; la ansiedad y la incoherencia se apoderaron de mí. Los meses de alcohol y ruina pasaron factura. Me mostré vulnerable y, aún así, no conté con ninguna empatía .Aunque duela decirlo, perdí la oportunidad de contactar con una gran persona, y quiero pensar que ella también perdió  amistad con un buen chico.

El verano me sirvió para encontrar razones reales, razones de peso para iniciar una nueva vida.  Para iniciar, por fin, un proyecto personal. Este verano le dije adiós a todas esas cosas que quise hacer por última vez: deje el whisky en el supermercado, hice oídos sordos al ruido de las máquinas, y eliminé la baja autoestima. Y aunque siempre me vea como un payaso triste, he decidido que si nada ni nadie, fuese en lo que fuese, me iba a dar una oportunidad, me la daría yo a mi mismo.

viernes, 20 de enero de 2017

NO TENEMOS MEMORIA

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Mediados de los 80. Nos situamos en el país de los grandes sueños y las crueles mentiras; Estados Unidos. Una noche cualquiera, un ciudadano norteamericano enciende su televisor después de un arduo día en la oficina. Lo primero que escucha es una canción empalagosa y edulcorada de una sitcom familiar. Las sitcoms de los 80 siguen todas el mismo arquetipo: familias, completas, metiéndose en insignificantes líos como en El Show de Bill Cosby. Una esposa materialista y una hija un tanto fresca como en Matrimonio con hijos. O un vecino tocapelotas pero entrañable como en Cosas de Casa (Urkel). Después de tirarse de los pelos, entre ellos, durante todo el episodio, al final se reúnen en el salón, se sientan en el sofá y ven su serie favorita mostrando unas forzadas sonrisas.



Esa es la percepción nostálgica de la sociedad norteamericana de los años 80: familias felices y la lucha del bien contra el mal como en Star Wars. Pero la percepción real dista mucho de ser dulce: la realidad estaba representada por los tiburones de Wall Street, por la personificación de Gordon Gekko. Tipos maquiavélicos que especulaban con el mercado sin importarles, en absoluto, los mil empleados que acababan de dejar sin trabajo. Lo único que importaba era estar a la altura del vecino en ostentosidad; un nuevo porsche para el garaje y un nuevo diamante para la rubia despampanante que decía ser su mujer.

Donald Trump fue el máximo exponente de Wall Street en aquella época y se ha aprovechado de la nostalgia, y de la mala memoria, para llegar a ser el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos.

LA NOSTALGIA

Paul Manafort fue el jefe de la campaña electoral de Trump hasta que, en el pasado agosto, se hizo pública su relación con el gobierno ucraniano y el cobro de millones de euros a su nombre. Paul fue la persona que ideó el slogan más falso de cualquier campaña publicitaria jamás creada; "Make America great again"
Un slogan basado en la nostalgia. En la época de los superhéroes, en los westerns de John Wayne y la fuerza del hombre que nunca expresaba sus sentimientos como Cary Grant. Donald Trump consiguió entrar en los recuerdos de millones de personas basándose en su niñez.

Paul Manafort también se crió en los años 50. Paul Manafort también venía de una familia de constructores. Y Paul Manafort también formó parte de la campaña electoral de otro personaje público y de dudosos conocimientos políticos; Ronald Reagan. El señor Reagan ganó las elecciones de 1980 con el slogan-Make America great again- es decir, Paul Manafort y su equipo han utilizado exactamente LA MISMA ESTRATEGIA para llevar a la persona más egolatra y mezquina del planeta a la casa blanca. Pero ningún gran medio quiso recalcarlo. Ningún gigante de la comunicación quiere tener entre su público a gente avispada y curiosa. Prefieren que no tengan recuerdos reales porque 1980 fue hace mucho tiempo.

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El ingrediente más importante de la nostalgia es el miedo. La incertidumbre del futuro nos provoca acomodarnos en el pasado e idealizamos lo que nosotros pensamos que fueron tiempos mejores: mi generación pertenece al máximo exponente de la cultura pop, de los videos musicales de la MTV, de los pokemons y los múltiples peinados de Rachel Green. Es una época que recuerdo con nostalgia y melancolía pero en realidad no fue una buena etapa. Ocurrieron una serie de desgracias que condicionaron mi entorno y forjaron mi actual personalidad. La idealizo porque me resulta amena, pero mi percepción no es objetiva.
Los votantes de Trump deberían preguntarse si aquella época de grandeza fue tan maravillosa como él dice que fue.

EL EGO

Al contrario que nosotros, Donald Trump sí tiene memoria. Es un tipo rencoroso con el añadido de tener un ego más grande que su cintura. Ha utilizado cualquier artimaña para acabar con aquellos que algún día estuvieron en su contra. Su ego se alimenta a base de críticas y rumores a personas o grupos sociales sin ningún tipo de veracidad. No la necesita, porque está haciendo lo mismo que hacía en los 80; especular.

El ego de Trump forma parte de su personaje. Si a los mayores les ha engatusado con la nostalgia, a sus votantes más jóvenes lo han conseguido a través del YO: vivimos en una sociedad que necesita sentirse querida constantemente y para ello nos sumergimos en las redes sociales. Para tener mas likes, más comentarios, más repercusión. Disfrazamos la realidad, nos convertimos en marcas.
Rosa Poca Cosa se siente acomplejada y por ello sube fotos a Instagram enseñando toda la carne posible. Su ego aumentará gracias a los numerosos me gustas de la manada de buitres. Por su parte Johnny Bravo sube fotos de su tableta de chocolate con una frase filosófica para que Rosa Poca Cosa vea lo profundo que es ese cerebro de mosquito.

Pero nosotros no podemos criticar los desvarios de Rosa y Johnny por las redes sociales porque aparecerá la secta de lo políticamente correcto. Esa secta que reivindica la sociedad de gominolas y arcoíris que ellos creen que están creando. Si un tío con el pene de Nacho Vidal, y el pelo en pecho de Lobezno, de la noche a la mañana, se siente hermafrodita tú no le puedes decir nada porque es un ser que se siente incómodo con su cuerpo. Si ves a otro tío meneándosela contra un árbol tú tampoco puedes decir nada porque está descubriendo su orientación sexual...MENTIRA. Solo quieren llamar la atención, ser protagonistas de lo absurdo. Ésta secta ha provocado con su libertad, y dejar hacer, que personajes como Donald Trump acaben presidiendo el planeta.

NUESTRA MALA MEMORIA

Mariano Rajoy, al inicio de su etapa presidencial, vendió a los países árabes el proyecto que podría habernos salvado del abismo; el proyecto de las energías renovables. Pero nadie se acuerda.
En 1992 los que ahora dicen ser políticos independentistas alzaron la bandera española en Montjuic. Pero nadie se acuerda.
Aunque es normal que no nos acordemos ni de lo que hemos comido hoy; somos receptores de tendencias, no de noticias. Abrazamos la efemeridad: nos congelamos con el ice bucket, nos creímos creativos con el mannequin challenge y paseamos 15 km por un puto Charizard que salía en el Pokemon GO ese que ya nadie juega. Nuestra actual mente está programada para atender 10 segundos pero no hemos prestado atención durante esos 10 segundos porque nos hemos puesto a ver algún, insulso, vídeo de Jorge Cremades.

Confundimos calidad con cantidad: ahora solo importa el número de reproducciones en Youtube, da igual que sea un vídeo del Rubius tomando la medicación de su abuela. El vídeo tiene 20 millones de reproducciones y eso es la hostia. Pero la obsesión por las cifras va mucho más allá. Llega a los medios de comunicación que ya no les importa si la noticia es real o no porque lo único que importa es el número de clicks que ha recibido para justificar sus tarifas publicitarias. Y a consecuencia de ello cada vez nos cuesta más diferenciar entre noticias reales y noticias publicitarias.
Un servidor estaba buscando información por la red sobre semillas transgénicas. Uno de los enlaces me llevó a los maravillosos nuevos cosméticos de la encantadora Paula Echevarría (nótese la ironía) y acabé visitando su blog y observé su fabuloso peinado. Al final acabé comprándome un pintalabios. ¿Qué paso con las semillas transgénicas? no sé, no tengo ni idea. No lo recuerdo.

En un futuro muy cercano, la educación se basará en la búsqueda, no en el conocimiento. Es decir, la capacidad del niño para buscar en Google, por ejemplo, los ríos más importantes de España. El niño ya no tendrá por que saber las desembocaduras, ni los principales afluentes. Le bastará con una búsqueda. Rápidamente pasará a otro tema. Se premiará la capacidad y velocidad del niño/a para simplificar las búsquedas. Eso es muy triste.

Estamos tan obsesionados con compartir que nos hemos olvidado de vivir: visitamos Londres y lo primero que hacemos es un Snapchat en vez de vivir el momento. Corremos una media maratón y a continuación compartimos nuestra estupenda marca. Tenemos una cena de amigos y lo que hacemos es compartir un vídeo en directo en vez de disfrutarlo. Llegará un momento en el que recibiremos tanta información ruidosa que explosionaremos. Estaremos tan hartos de distorsionar nuestra propia memoria y realidad que eliminaremos el maldito Facebook y volveremos a hacer las cosas como siempre se han hecho: una conversación entre dos personas, cara a cara, sin filtros ni puñeteros me gustas. No queremos ser unos autómatas para Google y Facebook. Ellos quieren controlar nuestros gustos e inquietudes.

SOY UN HIPÓCRITA 

Sí, lo soy, porque yo también le doy likes a Rosa Poca Cosa. Soy hipócrita porque yo también he subido fotos a lo Johnny Bravo. Soy hipócrita porque yo también he perdido decenas de horas viendo videos absurdos que no me aportaban nada. No debería de importarme qué narices sube mi mejor amigo del instituto si hace cinco años que no se nada de él y probablemente nuestra amistad debería haber acabado hace cinco años, si alguno de los dos le hubiese importado, nos hubiésemos puesto en contacto. Debería dejar de googlear lugares que me gustaría visitar, debería coger la mochila, dejar todo atrás y contemplar el mundo en su esplendor. Y debería dejar de whatssapear boberías a fulanita, debería presentarme ante ella y arriesgarme al sí o al no, como se hacia antes.

Este mundo del internet 2.0 me recuerda al final de El club de la lucha: dos inadaptados observan como ese mundo, que no comprendían, se derrumba ante sus ojos. Tyler coge de la mano a Marla y la dice-Me has conocido en un momento extraño de mi vida-

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miércoles, 19 de octubre de 2016

En la cuerda floja

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El ruido de una sita rota me despertó. No sabía dónde estaba. Un tremendo dolor de cabeza me invadió al instante. Tuve que esperar algo más de dos minutos para poder analizar la situación: una cama enorme con mantas de leopardo, un espejo en frente y una cantidad indecente de sitas tiradas por el suelo de aquella extraña habitación. Mis dudas se disiparon cuando entraron dos señoritas latinas medio desnudas.

No me gustan los burdeles. Siempre hay un aura de tristeza y vicio en ellos donde se junta lo más desdichado de la sociedad. Y por muy desdichado que yo fuera, no quería formar parte de ello así que abordé rápidamente a esas dos mujeres. Quería saber cómo había llegado hasta allí. Aquellas dos cortesanas me dijeron que había venido con un colega pero tardé un rato en sacarles dónde estaba mi colega ya que intentaron jugar conmigo y, aunque desconozco el motivo, no paraban de dirigirse a mí con diminutivos.
Mi colega estaba en el baño. Tuve que insistir varias veces para que abriese la puñetera puerta. Cuando abrió digamos que estaba demasiado exaltado para ser las diez de la mañana. Nada más salir de aquel putrefacto lugar me puse como una furia contra mi colega  pero, en realidad, había sido yo quién propuso lo del burdel: por lo visto venía de realizar una entrevista de trabajo que, lamentablemente, había salido mal. Así que me presenté en nuestra tasca predilecta y no paré de beber whisky y hacer el puto ridículo.

Mi colega me contó todo lo sucedido aquella noche pero será mejor que no os lo relate. Más que nada porque es muy vergonzoso y gráfico. Aunque sí os puedo contar la entrevista de trabajo: llegué a aquella multinacional después de recorrer 500 kilómetros. Allí estaba yo con mi traje nuevo, mi CV actualizado y mi presunto dominio del inglés. No estaba mal para un paleto de barrio. Sin embargo, la entrevista fue un auténtico desastre: unas preguntas en un inglés más profundo que el de un irlandés borracho, unas exigencias de longevidad absurdas en cuanto a experiencias previas e, incluso, me preguntaron si había colaborado con alguna ONG. Aunque lo peor fue cuando les dije que no tenía Linkedin, en ese momento ya tiraron mi CV y soltaron un-perfil bajo-

Salí de allí jurando en todos los idiomas –que se metan por el culo el perfil de Linkedin. No quiero hacer la pelota  a cuatro endiosados solo porque tengan más de 500 contactos y me puedan ofrecer un trabajo en una empresa que me va a explotar hasta que tenga insuficiencia renal- eso es lo que me dije de camino a casa. Cuando llegué, hice lo que siempre hago para evadirme de los problemas; beber como si no hubiese mañana.

Volvamos al día del burdel. Estaba cansado y quería dormir la mona. Me presenté en casa de un rollete mío que había conocido en la universidad. Tenía la sensación de que se alegraría al verme, estaba coladita por mí. Cuando entré, la puerta estaba abierta y ella gemía. Nunca la había oído gemir de esa manera. Entré en su habitación y allí estaba ella fornicando con otro.

Como no soy un tipo celoso esperé hasta que bajara al portal y allí, entre mi colega y yo, le metimos al maletero del coche. Pasamos por un par de badenes para que sintiera la adrenalina. Nos alejamos un poco de las carreteras convencionales para que le diera un poco el aíre. Mi colega sacó una llave inglesa y empezó a hacerle dibujos amistosos en la cara pero cuando sacamos el martillo suplicó que le dejáramos marchar. No entendía que podía ver en ese tío; solo era más listo que yo, más guapo, más alto, tenía más pelo, más pene y había ganado un concurso de jóvenes emprendedores creando una app de ayuda a los ancianos. Oye, yo he patentado varios juegos de beber y nadie ha venido a regalarme nada.
Le tiramos con el coche en marcha a un contenedor de basura. Estaba tan furioso que tenía que volver a evadirme de los problemas. Pero no teníamos apenas dinero así que se nos ocurrió una maravillosa idea; ir al casino.

Empezamos muy bien, una racha cojonuda. Hasta que llegaron dos niñatos y se hicieron los valientes. Uno de ellos le dijo a mi colega que no apostara al número 24 porque, según él, nunca tocaba. Mi colega le hizo caso. En la siguiente jugada cayó en el 24. Yo no había separado, aún, los ojos de la ruleta cuando el niñato estaba tirado en el suelo producto de un puñetazo que le había propinado mi colega. Nos expulsaron. A partir de entonces nuestra foto se encuentra en todos los salones de juego de la ciudad.
Habíamos perdido lo poco que nos quedaba pero, lejos de hacer caso a nuestra conciencia, decidimos que no era momento de irse a casa. Necesitábamos dinero para evadirnos. Fuimos a visitar a un chaval que nos debía 200 pavos. El chaval y yo habíamos realizado una transacción estrictamente legal sobre, digamos, unos limpia-cristales pero todavía no me había pagado. Era un raterillo, una sucia rata de cloaca, de estos que van cambiando de cristalero porque tiene deudas con todos ellos. Costó que el raterillo soltara la pasta pero un navajazo en el culo le hizo cambiar de parecer. A día de hoy, el trasero le sigue doliendo al sentarse.

Lo conseguimos. Teníamos la pasta. Fuimos al bar y nos pimplamos whisky tras whisky, sita tras sita. Después nos dirigimos a la zona de discotecas con los demás marroneros del barrio. No soy muy fan de las discotecas. Odio bailar y la música alta pero es el único lugar a las tres de la mañana donde puedes beber sin parecer un alcohólico, o eso creo yo.

Estaba en la barra pidiendo la enésima copa cuando al otro lado divisé la esbelta figura de mi rollete de la universidad. Estaba con sus amigas pero no parecía muy contenta.  Fui hacia ella y no sé qué burrada la solté que me tiró la copa y me dió un tortazo. Puede que mi fuerte aliento a whisky la espantara. Bueno, eso y meter en un maletero a su compañero sexual.
Uno de los presentes se río de mí, le arree un puñetazo con la mala suerte de que uno de los porteros lo visualizó todo. Me dio tal puñetazo que me caí al suelo pero mis colegas aparecieron para ayudarme y se montó la gorda. Resultado final; porteros 1-marroneros 3. Después de este incidente, aquella discoteca permaneció cerrada dos semanas.

Acabamos la noche bebiendo unas sitas en el barrio. Yo estaba borracho, desatado y todo lo que salía de mi boca era incoherente. Poté un par de veces en el prado y no sé qué narices me dijo uno de mis colegas que acabamos rebozándonos en el suelo como dos cerdos salvajes. Aquello me indignó y acabé mandándolos a la mierda.

Me fui hacia casa, no sin antes comprar una última sita en la gasolinera: en el mostrador me di cuenta de que ya no me quedaba dinero, la dependienta se percató. Intenté que me saliera gratis gracias a mi labia y seducción. Sin embargo, en un primer lugar se asusto y en un segundo puso cara de asco. Tuve que salir corriendo pero me cerró la puerta golpeando mi cabeza. Tirado en el suelo me cogió la cerveza y me escupió.
Al llegar a la puerta de mi casa el chihuahua de mi vecina me meo las Nike. Eran las 9 de la mañana de un domingo. Me tumbé en la cama sin chica, sin pasta, con los dos ojos morados y los  pies meados. ¿Queréis saber lo que sentía?, nada: mis pensamientos estaban vacios. No tenía ningún tipo de remordimientos. Mi antiguo yo hubiese pedido disculpas inmediatamente a la chica, no hubiese bebido hasta las trancas y no hubiese aceptado petición alguna de burdeles. Pero éste yo está  en la cuerda floja. Salta al vacío con una fina cuerda.


Quizás ya va siendo hora de hacer caso a mi santa madre y estudiar unas oposiciones. O quizás debería empezar a escribir relatos más amables y pacíficos. Bueno, eso no. Pero quizás ya toca dejar de beber. Bueno, eso tampoco.

jueves, 7 de julio de 2016

Cuando éramos cachorros




¿Qué nos ha pasado?, ¿Cuándo empezamos a apreciar la apatía ante el esfuerzo?, ¿cuándo empezamos a alabar al traficante y a llamar fracasado al obrero?,  nosotros no pensábamos así.

Cuando éramos cachorros nuestras ideas eran distintas, tenían un código, una fuerte personalidad. Siempre respetábamos a los perros más grandes y mayores: apreciábamos al graciosillo de turno, aquel que las liaba sin maldad y se llevaba a las chicas. No apreciábamos al maquiavélico, aquel que necesitaba algo más que sus propios puños para llevarse la victoria, pero, a pesar de su afán de protagonismo, no le llegábamos a respetar por mucho miedo que le tuviésemos.


Cuando éramos cachorros admirábamos a nuestros deportistas favoritos, a las estrellas de cine, a nuestros padres e incluso sentíamos cierto cariño hacia algunos profesores que tanto nos enseñaron. No admirábamos a ladrones, ni a proxenetas, ni a traficantes, ni a extorsionistas.

Realmente, nunca fuimos ángeles: cuando éramos cachorros imitábamos a aquellos perros que apreciábamos, pensando que algún día nos uniríamos en caos y armonía. Crecimos en un lugar donde se destetaba a los perros con mayor pedigrí, esa aversión hacia esa clase social nos provocó un complejo que, a día de hoy, se ve reflejada en nuestras formas. Nos gustaba salir a la calle y jugar con lo que fuese pero siempre nos recogíamos cuando nuestras madres nos llamaban para cenar. Éramos chicos de portal.

Poco a poco dejamos de ser cachorros y nos convertimos en una banda de quinceañeros tocapelotas, pero sin maldad, como nuestros apreciados percusores. Solo queríamos hacer un poco el tonto sin llegar a herir a nadie. Pero un día descubrimos que nuestros percusores habían cambiado: ya no las liaban de forma inocente, ya no se bastaban de sus puños y ya no tenían miradas limpias.
Teníamos 15 años cuando nuestros ídolos del barrio nos enseñaron lo que era la cocaína, demás sustancias y cómo debíamos comportarnos en aquel ambiente; ¿era normal que con 15 años nos enseñaran ese mundo?, ¿qué clase de sistema permite eso?
A algunos de nosotros nos horrorizaba aquello que acabábamos de visualizar pero en cambio algunos otros sintieron una fascinación inmediata; aquellos chicos, de la noche a la mañana, dejaron de llegar a casa cuando sus madres les llamaban para cenar. Varios de mis amigos habían dejado de ser chicos de portal para ser chicos de esquina. En el fondo sabía que era inevitable; varios de ellos venían de familias desestructuradas por la droga o, simplemente, siempre ambicionaron llegar a ese ambiente.

Eran como el Trío Ternura de Ciudad de Dios con sus pequeños golpes, su tráfico a una mínima escala y sus delirios de grandeza. Luego, al terminar la adolescencia, me uní en caos a ellos y nos convertimos en el Harvey Keitel y Robert de Niro de Malas Calles: unos tipos con ansias de poder, emborrachándose en tascas de mala muerte, distribuyendo algo más que un par de gramos y pegándose con todo aquel que osara meterse en sus problemas.

Estamos descarriados, apáticos e irreconocibles para las personas, que alguna vez, creyeron en nosotros. Además, ya no somos unos cachorros, lo que significa que estamos pagando o pagaremos las consecuencias de nuestro estilo de vida.
En mi caso, yo siempre fui más un observador que un protagonista. Sin embargo, para ser sincero, me gusta ese tipo de vida: estoy descarriado. Voy de tasca en tasca, de barra en barra discutiendo con quien sea, creyéndome alguien que no soy.  Sin saber qué hacer, a quién querer, a qué atenerme, qué camino coger y qué tipo de hombre ser.
Pero lo más triste de todo son los cachorros de ahora: ellos no juegan a ser Messi o Cristiano, ellos juegan a ser como los tipos descarriados de su barrio. Ya no quedan liantes inocentes.


Es cierto que en la clase media-baja sigue habiendo una fuerte depresión. Es cierto que la vida política nos ha desterrado de su organigrama. Es cierto que vivimos atormentados, que nuestra guerra no es física sino espiritual. Y es cierto que vivimos en una sociedad, cada vez más, hedonista.  Pero eso no nos impide que eduquemos bien a nuestros cachorros. Tengamos la decencia de inculcarles la cultura del esfuerzo ante la apatía y que el respeto no procede del miedo sino de la admiración. Que nuestras calles estén limpias y podamos estar orgullosos del lugar del que venimos.

sábado, 20 de junio de 2015

Aquel payaso triste


Es la hora del recreo, todos los niños salen a jugar al patio, se muestran muy felices hasta que llega el matón de la clase. Ese que te saca una cabeza y 25 kilos. En el momento en el que se acerca lo ves todo magnificado: parece que el suelo retumba, su sombra se apodera de ti y cada palabra que pronuncia te parece infinita y peligrosa. Lo que aquel matón quiere es tu almuerzo, y te lo coge a ti porque eres el más débil.
Pasan las semanas y la situación se repite. El chico fuerte va hacia el más débil, el fuerte engorda más y el débil se queda otro mediodía sin comer. Hasta que a la enésima vez el chico débil reacciona consiguiendo que la situación no se vuelva a repetir. La reacción del chico débil marcara su nueva actitud y solo existen dos tipos de cambio:

 1) El chico débil pega al fuerte, acaba siendo respetado por todos y su popularidad aumenta. Esa popularidad lleva al antiguo chico débil a crecerse y se convierte en el chico fuerte, empieza a abusar de los demás. Es decir, acoge la actitud del macarra. Esta es la actitud que la mayoría de chicos débiles acoge.
2) El chico débil ve que no puede con el chico fuerte así que intenta aliarse a él. Lo consigue haciendo el tonto, haciendo reír al fuerte. De esta manera el chico débil da lugar al payaso de la clase.
John Meyer decidió ser el payaso de la clase.
Ese chico pelirrojo con gafas y enclenque que no caía bien a nadie por lo rarito que parecía, de repente se convirtió en el payaso de la clase.  La profesora se hartó de él y sus notas empezaron a bajar.

Aunque John solo descubre que es verdaderamente gracioso cuando, sin buscarlo, hace reír a carcajada limpia a la chica más guapa de la clase. Esa sonrisa desató en John un interés obsesivo por la comedia. Sabía que no era atractivo pero descubrió que podía resultar interesante para las chicas a través de la risa.


John disfrutaba de los paseos por el centro comercial los sábados por la mañana con su madre. En especial, cuando al final, como premio, su madre le compraba la revista Mad. Una revista cómica muy famosa en los Estados Unidos que influyó en el humor de la mayoría de los guionistas de Los Simpson y también en el propio John.
Al leer asiduamente esa revista John comprendió que alguien hacia que las cosas fuesen graciosas, comprendió que existía el oficio de cómico. Es entonces cuando decide que quiere hacer reír como profesión.
Se convierte en un devorador compulsivo de comedia: idolatraba las comedias alocadas de John Belushi, las peripecias de los Monty Python y se quedaba anonadado con los irrisorios monólogos de Eddie Murphy.


A través de aquellas influencias empieza a crear su estilo y con 17 años decide dar el primer paso, se presenta al club de comedia de su ciudad: lo tenía muy bien preparado, estaba confiado y convencido de que al público le iba a gustar el material que había creado. Pero en realidad no dura en el escenario ni cinco minutos; el sonido de los tacones de la camarera le puso nervioso, titubeó y marchó sin cerrar su monólogo.
Aquel fue un golpe duro para el joven John. El soñaba con llenar el Comedy Store y hacer reír a David Letterman pero quizás aquellos sueños eran simples desvaríos de un inocente chaval.

John Meyer siguió vagando por sus ilusas ideas, hasta que un día, viendo un episodio de Seinfeld, se percató de algo: la comedia no es comedia sin el drama. La comedia se alimenta del drama. Así que John entró hasta las entrañas de sus recuerdos más dolorosos y de allí sacó su creatividad cómica.

Fue sincero consigo mismo y recordó los maltratos físicos de su padre hacia su madre y hacia él mismo. Los insultos y perrerías que su hermana mayor le hacía por ser el pequeño.  Los innumerables rechazos amorosos que sufrió. Incluso los comentarios despectivos de su abuela hacia él que acabó por provocar en John graves problemas de inseguridad.
Esos momentos dramáticos John los mitificó en comedia y su estiló empezó a popularizarse. Le llevó a lo que siempre había soñado: a llenar el Comedy Store de Los Ángeles y hacer un monólogo en el programa de David Letterman.


La fachada del Comedy Store infundía respeto a John. La fachada está compuesta por el icono de Tony Clifton, alter ego de Andy Kaufman, y algunas de sus mejores frases. John admiraba la obra de Andy. Esa fachada le servía a John de inspiración para encarar la actuación, de coger el micrófono y hacer reír a todos los presentes. En el Comedy Store se sentía como en casa, se sentía querido.

Una de aquellas noches en el Comedy Store conoció a una joven cómica que le hizo de telonero: aquella chica de larga melena rubia, llamada Linda, estaba muy nerviosa; había perdido las notas que se había preparado pero John consiguió tranquilizarla y le dio una serie de temas de los que podía hablar. Los consejos de John le sirvieron a Linda. Después de la actuación de ambos, se encontraron en el club bebiendo whisky y hablando sobre sus cómicos favoritos. La química entre ambos era inevitable.
Empezaron una relación seria y con ello la etapa más feliz de John: pasó a ser la estrella del programa nocturno Saturday Night Live, se dirigía en cohete al centro del universo, y su popularidad no hizo nada más que crecer.


El nacimiento de su hijo dio paso a una etapa agridulce: acabó aceptando papeles en películas de Hollywood por cantidades indecentes de dinero. Tenía una mansión en Beverly Hills donde cuidaba de su hijo y contemplaba a su bella mujer, parecía que había cumplido el sueño americano. Hasta que un día su padre murió: John se deprimió mucho y la razón principal fue porque nunca fue capaz de hacer reír a su padre. Su padre era su mayor crítico. Era capaz de hacer reír a millones de personas en todo el mundo pero nunca fue capaz ni de sacar una triste sonrisa a su padre. Su padre siempre le miró como a un payaso, para él aquello no era una forma digna de ganarse la vida.

John se sentía aturdido e inseguro. No podía apenas cuidar de su hijo porque se pasaba media vida entre rodaje y rodaje, por lo tanto tampoco tenía tiempo para su mujer. Estaba tan ocupado que hasta él mismo confundía persona y personaje. En su camerino las botellas vacías de whisky se amontonaban en el suelo. Linda no aguantaba esa situación y pidió el divorcio, ella quería ser parte de una familia normal y corriente pero su marido estaba empeñado en ser la mayor estrella del planeta. La persona que más sonrisas provocaba en todo el mundo solo provocaba llantos en su mujer.

John cesó ante su popularidad y empezó a follarse a desconocidas, unas groupies que habían crecido viendo al propio John por televisión. John, con la ausencia de su familia, se convirtió en un hedonista; no faltaba las noches de putas y cocaína.


Con sus vicios llegó el descenso de su popularidad. Ya no era una estrella de Hollywood y Linda no le dejaba ver a su hijo porque siempre tenía alguna fulana abalanzándose sobre su cuello.
John pasó a ser una estrella de la televisión: una serie cómica donde los protagonistas se estaban buscando las cosquillas constantemente unos a otros. Una serie que carecía de cualquier tipo de calidad pero que obtenía grandes audiencias. De esa manera John seguía teniendo su cheque semanal con un montón de ceros.
Pero un día la cadena se hartó de que apareciera borracho a actuar o incluso había ocasiones en las que ni aparecía, así que la cadena canceló la serie y con ella los cheques semanales desaparecieron.
John volvió a pedir disculpas a Linda y a su hijo que ya iba a la universidad. Pero su hijo no le quería ni ver, no había asistido a ninguno de sus últimos trece cumpleaños. También pidió disculpas a su hermana por pasar de ella y no ayudarla nunca económicamente con su peluquería, una peluquería que acabó por cerrar y que tuvo un montón de deudas. John pagó dichas deudas pero el daño ya estaba hecho.

Un día John se despertó en el Chateu Marmont rodeado de prostitutas y alcohol. Sabía que no era feliz viviendo aquella vida.  Recordó su etapa más feliz: era cuando se mudó a Los Ángeles a actuar al Comedy Store cuando apenas era conocido. Por aquel entonces las risas de los presentes hacia sus chistes eran reales y no el de las risas enlatadas. Apenas le daba para pagar el alquiler en Santa Mónica pero era feliz con sus colegas de profesión y con Linda.

Quería volver a sentir la adrenalina de subir a un escenario y hacer reír a un público expectante y exigente. Llamó al Comedy Store y dijo que esa misma noche John Meyer volvía a los escenarios.
Se preparó un buen monólogo hablando de su farandulera actual vida pero los nervios pudieron con él. Se sentía como un novato solo que esta vez no mermaba sus nervios mojándose la cara sino con unas rayas y grandes dosis de alcohol.

Estaba en su camerino totalmente puesto cuando le llamaron para entrar, se oía el extenuante ruido del público aplaudiendo. Apenas podía andar pero llegó hasta el escenario ante la felicidad  del público que esperaba el recital de su ídolo. Sin embargo el micrófono no llegó a sonar, John Meyer yacía muerto en el lugar donde más querido se sintió.

John Meyer fue otro payaso triste. Otro chico que empezó a ser gracioso por quitarse al matón de clase de encima y por hacer reír a las chicas. John Meyer ya forma parte del club de los payasos tristes como John Belushi, Chris Farley o Robín Williams. Esos chicos que disfrazan su tristeza en forma de comedia.


*John Meyer no existe, es producto de mi imaginación.  Siempre he estado interesado en la dualidad de la comedia. La historia del cine cómico no se entendería sin la aportación de los payasos tristes: Chaplin, Woody Allen, Bill Murray… la lista de cómicos que han sufrido y sufren fuertes depresiones es inmensa. Sin ellos el mundo sería menos feliz. Se trata de una dualidad entre lo cómico y lo triste en la que yo suelo encontrarme.






domingo, 15 de febrero de 2015

¿Mereció la pena?


“Eres obsesivo. Te encanta montarte pelis en la cabeza. Te encanta ser el chico bueno que intenta ser malo pero ya no eres un crío. ¿Qué te crees que no me han contado tus historias?, ¿tus borracheras?, ¿tus movidas? yo no quiero que un día me llegues a casa con una puñalada. Yo no puedo estar con alguien cuyo mayor enemigo sea él mismo, además estoy cansada de que siempre me hagas llorar. No quiero volver a verte”

Esta es la única escena, las únicas palabras, que recuerda nuestro protagonista de la noche anterior mientras abre los ojos observando el techo de su cuarto. Un repentino dolor de cabeza consigue levantarlo. Se toma un paracetamol en la cocina mientras observa desde la ventana a unos niños jugando al fútbol en el vecindario. “Ya tendréis vosotros una buena resaca, ya” Piensa mientras se toma el enésimo vaso de agua.

Se dirige al baño a mear pero antes de sacarse el pene mira hacia la izquierda y sus ojos se intrigan: en el espejo se aprecia que tiene una herida en el pómulo derecho. Intrigado por la situación saca su móvil del pantalón que llevaba puesto anoche. Un pantalón que tiene varios desperfectos, síntomas de una pelea callejera.

Mira el WhatsApp: más de 500 mensajes en 10 conversaciones diferentes, algunos de ellos procedentes de números desconocidos preguntándole por su estado. Se fija en los mensajes que escribió a varios grupos pero es incapaz de sacar nada en claro; todos los mensajes que había escrito eran inteligibles. Mira las conversaciones una por una y ninguna le saca de dudas.

Parece preocupado por los acontecimientos de anoche pero en realidad en lo único que está pensando es en las palabras de aquella chica, lo único que recuerda de la noche.

Con la excusa de comprar el pan sale de casa para despejarse. Camina lento, le molesta el más mínimo ruido y tiene la extraña sensación de que todo el mundo le observa. Antes de entrar a  la panadería abre la cartera y se da cuenta de que no tiene un maldito duro, ni un triste euro. La cartera solo contiene una tarjeta de bus, una entrada de cine, un condón medio abierto y una nota: “¿mereció la pena?” es lo que estaba escrito en aquella nota. No tiene ni la más remota idea de quién pudo escribirlo aunque parecía la letra de una chica.

Cansado de darle vueltas a la cabeza se pone a ver Movida del 76 (Dazed and confused). El personaje de Wooderson, interpretado por Matthew McConaughey, suelta una pequeña reflexión sobre su estilo de vida; “eso es lo que me gusta de las chicas de instituto, yo me hago más viejo y ellas siguen igual”. Esta frase conlleva las risas de sus colegas, al final de la escena le pregunta a uno de ellos; “¿nos colocamos?”
En cierto modo esta reflexión hace pensar a nuestro protagonista sobre su propio estilo de vida. Sobre todas esas historias que no llegaron a tener un comienzo. Sobre todas esas veces que debieron ser un no en vez de un sí. Sobre todas esas borracheras en tascas de mala muerte. Sobre todas las veces que se sintió perdido.

De repente le vienen flashbacks de la noche y se convence de que la chica, que le destrozó el corazón la noche anterior, fue quién escribió aquella nota. Decide ir a pedirla disculpas. Por el camino improvisa un monólogo lleno de mentiras sobre que él en realidad no es así; que nunca se mete en problemas, que nunca se pasa con la bebida, que no es el chico bueno que va con malos…que todo aquello, simplemente, fue un desliz.
Finalmente llega a casa de la chica, dispuesto a soltar todas esas mentiras, pero mientras cruza la calle observa como ella se va en su coche. Se la nota cabreada; conduce de forma brusca, su rostro es sumamente serio y su mirada solo se fija en el horizonte como si no hubiese marcha atrás. Ella le ha visto a él por el retrovisor pero, en esta historia, ella no va a parar, ella ya ha decidido seguir adelante

El chico, parado en medio de la carretera, sigue contemplando cómo ella se marcha, los rayos del sol hacen que cierre los ojos y cuando los abre ella ya no está, se ha ido para siempre. Mientras tanto, se da cuenta que todas aquellas mentiras, que estaba dispuesto a soltar hace dos minutos, deberían convertirse en verdades.
Ya era hora de dejar atrás todas las malas compañías, las borracheras, los problemas y las inseguridades. Aquella chica estaba dispuesta a entregarse a él pero se dio cuenta que a estas alturas de su vida lo que menos necesitaba era vivir un drama con un chico que lo único que le importaba era el dinero que le quedaba para pimplarse otra botella de whisky.

Seguro que esa chica, de preciosa melena morena, encuentra un chico que la haga feliz, pueda conocer mundo y tener mil divertidas aventuras a la altura de su extrovertida personalidad, sus bonitos ojos verdes y de su sincera sonrisa.
Por otra parte no sabemos qué será de él: dice que ha cambiado la botella por la escritura, sus compañías por la consola y sus inseguridades por la disciplina. Sin embargo no es la primera vez que nos lo dice, ya ha recaído un par de veces.

Probablemente sigamos teniendo noticias de él y muchas de ellas, nos tememos, que serán negativas. Serán noticias relacionadas con sus vicios y, sinceramente, ya estamos cansados de ver cómo echa su vida por la borda. Solo él puede enterrar a sus demonios pero eso solo ocurrirá cuando empiece a ser fuerte, solo ocurrirá cuando sé sincere consigo mismo y sea capaz de contestar a la pregunta; ¿mereció la pena?


viernes, 15 de agosto de 2014

Hasta la próxima estación


Las luces de las farolas acaban de encenderse, la noche acaba de empezar pero tú y tus amigos ya os habéis bebido todo el alcohol de la tasca. Vais por la calle zigzagueando, asustando a todo aquel que pasa por la misma cera, creyéndoos superiores, felices ante la ignorancia y pretenciosos ante vuestra mermada inteligencia. Hasta que de repente, te encuentras con ella y se te viene el mundo encima:

Porque es muy fácil ir borracho y soltar mil groserías a chicas desconocidas pero qué difícil es hablar de forma sincera ante la chica que desgarra tú corazón. Intentas mantener la compostura, intentas hablar correctamente delante de ella aunque a penas pronuncias bien los monosílabos.
Pero ella es más lista que tú y sabe perfectamente en qué estado te encuentras, así que te habla de forma que a la mañana siguiente te acuerdes de lo que te ha dicho, a pesar de tu resaca y tus muertas neuronas. Te ha comentado que se va; que necesita probarse ante nuevos retos y nuevas culturas. Necesita conocer mundo, necesita vivir nuevas aventuras y rodearse de gente interesante y culta.

Es entonces cuando empiezas a preguntarte mil cuestiones sin respuesta: ¿Dónde me equivoqué?, ¿en qué momento la perdí?…es entonces cuando te das cuentas de que en el fondo de tus entrañas tienes la respuesta pero es demasiado duro como para sacarlo a la luz.

Te conviertes en un payaso triste y piensas que el whisky barato del supermercado esconde las soluciones a tus problemas. Te imaginas que ella está contemplando unas hermosas vistas de la ciudad dónde esté apoyada en la ventana de su hotel, u observando los prados desde el tren. Un tren que cada día se aleja más de ti, un tren que no volverá.

Una noche te levantas de la cama, contemplas el amanecer y te das cuenta de que no puedes seguir así, algo tiene que cambiar: Es hora de encerrar a tus demonios y que tus continuos fallos pasados den lugar a numerosos éxitos futuros. Ha llegado la hora de salir de las sombras.


Te preparas para un mundo nuevo observando el horizonte, un horizonte lleno de dudas y miedos. Coges el tren deseoso de que el destino hablé por ti y en la próxima estación te encuentres con ella: Os vayáis de la estación y en el primer bar de la esquina os apoyéis con vuestro whisky en la barra del bar, os miréis a los ojos y os contéis lo que un día no os atrevisteis a decir.