miércoles, 19 de octubre de 2016

En la cuerda floja

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El ruido de una sita rota me despertó. No sabía dónde estaba. Un tremendo dolor de cabeza me invadió al instante. Tuve que esperar algo más de dos minutos para poder analizar la situación: una cama enorme con mantas de leopardo, un espejo en frente y una cantidad indecente de sitas tiradas por el suelo de aquella extraña habitación. Mis dudas se disiparon cuando entraron dos señoritas latinas medio desnudas.

No me gustan los burdeles. Siempre hay un aura de tristeza y vicio en ellos donde se junta lo más desdichado de la sociedad. Y por muy desdichado que yo fuera, no quería formar parte de ello así que abordé rápidamente a esas dos mujeres. Quería saber cómo había llegado hasta allí. Aquellas dos cortesanas me dijeron que había venido con un colega pero tardé un rato en sacarles dónde estaba mi colega ya que intentaron jugar conmigo y, aunque desconozco el motivo, no paraban de dirigirse a mí con diminutivos.
Mi colega estaba en el baño. Tuve que insistir varias veces para que abriese la puñetera puerta. Cuando abrió digamos que estaba demasiado exaltado para ser las diez de la mañana. Nada más salir de aquel putrefacto lugar me puse como una furia contra mi colega  pero, en realidad, había sido yo quién propuso lo del burdel: por lo visto venía de realizar una entrevista de trabajo que, lamentablemente, había salido mal. Así que me presenté en nuestra tasca predilecta y no paré de beber whisky y hacer el puto ridículo.

Mi colega me contó todo lo sucedido aquella noche pero será mejor que no os lo relate. Más que nada porque es muy vergonzoso y gráfico. Aunque sí os puedo contar la entrevista de trabajo: llegué a aquella multinacional después de recorrer 500 kilómetros. Allí estaba yo con mi traje nuevo, mi CV actualizado y mi presunto dominio del inglés. No estaba mal para un paleto de barrio. Sin embargo, la entrevista fue un auténtico desastre: unas preguntas en un inglés más profundo que el de un irlandés borracho, unas exigencias de longevidad absurdas en cuanto a experiencias previas e, incluso, me preguntaron si había colaborado con alguna ONG. Aunque lo peor fue cuando les dije que no tenía Linkedin, en ese momento ya tiraron mi CV y soltaron un-perfil bajo-

Salí de allí jurando en todos los idiomas –que se metan por el culo el perfil de Linkedin. No quiero hacer la pelota  a cuatro endiosados solo porque tengan más de 500 contactos y me puedan ofrecer un trabajo en una empresa que me va a explotar hasta que tenga insuficiencia renal- eso es lo que me dije de camino a casa. Cuando llegué, hice lo que siempre hago para evadirme de los problemas; beber como si no hubiese mañana.

Volvamos al día del burdel. Estaba cansado y quería dormir la mona. Me presenté en casa de un rollete mío que había conocido en la universidad. Tenía la sensación de que se alegraría al verme, estaba coladita por mí. Cuando entré, la puerta estaba abierta y ella gemía. Nunca la había oído gemir de esa manera. Entré en su habitación y allí estaba ella fornicando con otro.

Como no soy un tipo celoso esperé hasta que bajara al portal y allí, entre mi colega y yo, le metimos al maletero del coche. Pasamos por un par de badenes para que sintiera la adrenalina. Nos alejamos un poco de las carreteras convencionales para que le diera un poco el aíre. Mi colega sacó una llave inglesa y empezó a hacerle dibujos amistosos en la cara pero cuando sacamos el martillo suplicó que le dejáramos marchar. No entendía que podía ver en ese tío; solo era más listo que yo, más guapo, más alto, tenía más pelo, más pene y había ganado un concurso de jóvenes emprendedores creando una app de ayuda a los ancianos. Oye, yo he patentado varios juegos de beber y nadie ha venido a regalarme nada.
Le tiramos con el coche en marcha a un contenedor de basura. Estaba tan furioso que tenía que volver a evadirme de los problemas. Pero no teníamos apenas dinero así que se nos ocurrió una maravillosa idea; ir al casino.

Empezamos muy bien, una racha cojonuda. Hasta que llegaron dos niñatos y se hicieron los valientes. Uno de ellos le dijo a mi colega que no apostara al número 24 porque, según él, nunca tocaba. Mi colega le hizo caso. En la siguiente jugada cayó en el 24. Yo no había separado, aún, los ojos de la ruleta cuando el niñato estaba tirado en el suelo producto de un puñetazo que le había propinado mi colega. Nos expulsaron. A partir de entonces nuestra foto se encuentra en todos los salones de juego de la ciudad.
Habíamos perdido lo poco que nos quedaba pero, lejos de hacer caso a nuestra conciencia, decidimos que no era momento de irse a casa. Necesitábamos dinero para evadirnos. Fuimos a visitar a un chaval que nos debía 200 pavos. El chaval y yo habíamos realizado una transacción estrictamente legal sobre, digamos, unos limpia-cristales pero todavía no me había pagado. Era un raterillo, una sucia rata de cloaca, de estos que van cambiando de cristalero porque tiene deudas con todos ellos. Costó que el raterillo soltara la pasta pero un navajazo en el culo le hizo cambiar de parecer. A día de hoy, el trasero le sigue doliendo al sentarse.

Lo conseguimos. Teníamos la pasta. Fuimos al bar y nos pimplamos whisky tras whisky, sita tras sita. Después nos dirigimos a la zona de discotecas con los demás marroneros del barrio. No soy muy fan de las discotecas. Odio bailar y la música alta pero es el único lugar a las tres de la mañana donde puedes beber sin parecer un alcohólico, o eso creo yo.

Estaba en la barra pidiendo la enésima copa cuando al otro lado divisé la esbelta figura de mi rollete de la universidad. Estaba con sus amigas pero no parecía muy contenta.  Fui hacia ella y no sé qué burrada la solté que me tiró la copa y me dió un tortazo. Puede que mi fuerte aliento a whisky la espantara. Bueno, eso y meter en un maletero a su compañero sexual.
Uno de los presentes se río de mí, le arree un puñetazo con la mala suerte de que uno de los porteros lo visualizó todo. Me dio tal puñetazo que me caí al suelo pero mis colegas aparecieron para ayudarme y se montó la gorda. Resultado final; porteros 1-marroneros 3. Después de este incidente, aquella discoteca permaneció cerrada dos semanas.

Acabamos la noche bebiendo unas sitas en el barrio. Yo estaba borracho, desatado y todo lo que salía de mi boca era incoherente. Poté un par de veces en el prado y no sé qué narices me dijo uno de mis colegas que acabamos rebozándonos en el suelo como dos cerdos salvajes. Aquello me indignó y acabé mandándolos a la mierda.

Me fui hacia casa, no sin antes comprar una última sita en la gasolinera: en el mostrador me di cuenta de que ya no me quedaba dinero, la dependienta se percató. Intenté que me saliera gratis gracias a mi labia y seducción. Sin embargo, en un primer lugar se asusto y en un segundo puso cara de asco. Tuve que salir corriendo pero me cerró la puerta golpeando mi cabeza. Tirado en el suelo me cogió la cerveza y me escupió.
Al llegar a la puerta de mi casa el chihuahua de mi vecina me meo las Nike. Eran las 9 de la mañana de un domingo. Me tumbé en la cama sin chica, sin pasta, con los dos ojos morados y los  pies meados. ¿Queréis saber lo que sentía?, nada: mis pensamientos estaban vacios. No tenía ningún tipo de remordimientos. Mi antiguo yo hubiese pedido disculpas inmediatamente a la chica, no hubiese bebido hasta las trancas y no hubiese aceptado petición alguna de burdeles. Pero éste yo está  en la cuerda floja. Salta al vacío con una fina cuerda.


Quizás ya va siendo hora de hacer caso a mi santa madre y estudiar unas oposiciones. O quizás debería empezar a escribir relatos más amables y pacíficos. Bueno, eso no. Pero quizás ya toca dejar de beber. Bueno, eso tampoco.

jueves, 7 de julio de 2016

Cuando éramos cachorros




¿Qué nos ha pasado?, ¿Cuándo empezamos a apreciar la apatía ante el esfuerzo?, ¿cuándo empezamos a alabar al traficante y a llamar fracasado al obrero?,  nosotros no pensábamos así.

Cuando éramos cachorros nuestras ideas eran distintas, tenían un código, una fuerte personalidad. Siempre respetábamos a los perros más grandes y mayores: apreciábamos al graciosillo de turno, aquel que las liaba sin maldad y se llevaba a las chicas. No apreciábamos al maquiavélico, aquel que necesitaba algo más que sus propios puños para llevarse la victoria, pero, a pesar de su afán de protagonismo, no le llegábamos a respetar por mucho miedo que le tuviésemos.


Cuando éramos cachorros admirábamos a nuestros deportistas favoritos, a las estrellas de cine, a nuestros padres e incluso sentíamos cierto cariño hacia algunos profesores que tanto nos enseñaron. No admirábamos a ladrones, ni a proxenetas, ni a traficantes, ni a extorsionistas.

Realmente, nunca fuimos ángeles: cuando éramos cachorros imitábamos a aquellos perros que apreciábamos, pensando que algún día nos uniríamos en caos y armonía. Crecimos en un lugar donde se destetaba a los perros con mayor pedigrí, esa aversión hacia esa clase social nos provocó un complejo que, a día de hoy, se ve reflejada en nuestras formas. Nos gustaba salir a la calle y jugar con lo que fuese pero siempre nos recogíamos cuando nuestras madres nos llamaban para cenar. Éramos chicos de portal.

Poco a poco dejamos de ser cachorros y nos convertimos en una banda de quinceañeros tocapelotas, pero sin maldad, como nuestros apreciados percusores. Solo queríamos hacer un poco el tonto sin llegar a herir a nadie. Pero un día descubrimos que nuestros percusores habían cambiado: ya no las liaban de forma inocente, ya no se bastaban de sus puños y ya no tenían miradas limpias.
Teníamos 15 años cuando nuestros ídolos del barrio nos enseñaron lo que era la cocaína, demás sustancias y cómo debíamos comportarnos en aquel ambiente; ¿era normal que con 15 años nos enseñaran ese mundo?, ¿qué clase de sistema permite eso?
A algunos de nosotros nos horrorizaba aquello que acabábamos de visualizar pero en cambio algunos otros sintieron una fascinación inmediata; aquellos chicos, de la noche a la mañana, dejaron de llegar a casa cuando sus madres les llamaban para cenar. Varios de mis amigos habían dejado de ser chicos de portal para ser chicos de esquina. En el fondo sabía que era inevitable; varios de ellos venían de familias desestructuradas por la droga o, simplemente, siempre ambicionaron llegar a ese ambiente.

Eran como el Trío Ternura de Ciudad de Dios con sus pequeños golpes, su tráfico a una mínima escala y sus delirios de grandeza. Luego, al terminar la adolescencia, me uní en caos a ellos y nos convertimos en el Harvey Keitel y Robert de Niro de Malas Calles: unos tipos con ansias de poder, emborrachándose en tascas de mala muerte, distribuyendo algo más que un par de gramos y pegándose con todo aquel que osara meterse en sus problemas.

Estamos descarriados, apáticos e irreconocibles para las personas, que alguna vez, creyeron en nosotros. Además, ya no somos unos cachorros, lo que significa que estamos pagando o pagaremos las consecuencias de nuestro estilo de vida.
En mi caso, yo siempre fui más un observador que un protagonista. Sin embargo, para ser sincero, me gusta ese tipo de vida: estoy descarriado. Voy de tasca en tasca, de barra en barra discutiendo con quien sea, creyéndome alguien que no soy.  Sin saber qué hacer, a quién querer, a qué atenerme, qué camino coger y qué tipo de hombre ser.
Pero lo más triste de todo son los cachorros de ahora: ellos no juegan a ser Messi o Cristiano, ellos juegan a ser como los tipos descarriados de su barrio. Ya no quedan liantes inocentes.


Es cierto que en la clase media-baja sigue habiendo una fuerte depresión. Es cierto que la vida política nos ha desterrado de su organigrama. Es cierto que vivimos atormentados, que nuestra guerra no es física sino espiritual. Y es cierto que vivimos en una sociedad, cada vez más, hedonista.  Pero eso no nos impide que eduquemos bien a nuestros cachorros. Tengamos la decencia de inculcarles la cultura del esfuerzo ante la apatía y que el respeto no procede del miedo sino de la admiración. Que nuestras calles estén limpias y podamos estar orgullosos del lugar del que venimos.