¿Qué nos ha pasado?, ¿Cuándo empezamos a apreciar la apatía ante
el esfuerzo?, ¿cuándo empezamos a alabar al traficante y a llamar fracasado al
obrero?, nosotros no pensábamos así.
Cuando éramos cachorros nuestras ideas eran distintas,
tenían un código, una fuerte personalidad. Siempre respetábamos a los perros más
grandes y mayores: apreciábamos al graciosillo de turno, aquel que las liaba
sin maldad y se llevaba a las chicas. No apreciábamos al maquiavélico, aquel
que necesitaba algo más que sus propios puños para llevarse la victoria, pero,
a pesar de su afán de protagonismo, no le llegábamos a respetar por mucho miedo
que le tuviésemos.
Cuando éramos cachorros admirábamos a nuestros deportistas
favoritos, a las estrellas de cine, a nuestros padres e incluso sentíamos
cierto cariño hacia algunos profesores que tanto nos enseñaron. No admirábamos
a ladrones, ni a proxenetas, ni a traficantes, ni a extorsionistas.
Realmente, nunca fuimos ángeles: cuando éramos cachorros
imitábamos a aquellos perros que apreciábamos, pensando que algún día nos
uniríamos en caos y armonía. Crecimos en un lugar donde se destetaba a los
perros con mayor pedigrí, esa aversión hacia esa clase social nos provocó un
complejo que, a día de hoy, se ve reflejada en nuestras formas. Nos gustaba
salir a la calle y jugar con lo que fuese pero siempre nos recogíamos cuando
nuestras madres nos llamaban para cenar. Éramos chicos de portal.
Poco a poco dejamos de ser cachorros y nos convertimos en
una banda de quinceañeros tocapelotas, pero sin maldad, como nuestros
apreciados percusores. Solo queríamos hacer un poco el tonto sin llegar a herir
a nadie. Pero un día descubrimos que nuestros percusores habían cambiado: ya no
las liaban de forma inocente, ya no se bastaban de sus puños y ya no tenían
miradas limpias.
Teníamos 15 años cuando nuestros ídolos del barrio nos
enseñaron lo que era la cocaína, demás sustancias y cómo debíamos comportarnos
en aquel ambiente; ¿era normal que con 15 años nos enseñaran ese mundo?, ¿qué
clase de sistema permite eso?
A algunos de nosotros nos horrorizaba aquello que acabábamos
de visualizar pero en cambio algunos otros sintieron una fascinación inmediata;
aquellos chicos, de la noche a la mañana, dejaron de llegar a casa cuando sus
madres les llamaban para cenar. Varios de mis amigos habían dejado de ser chicos
de portal para ser chicos de esquina. En el fondo sabía que era inevitable;
varios de ellos venían de familias desestructuradas por la droga o,
simplemente, siempre ambicionaron llegar a ese ambiente.
Eran como el Trío Ternura de Ciudad de Dios con sus pequeños golpes, su tráfico a una mínima
escala y sus delirios de grandeza. Luego, al terminar la adolescencia, me uní
en caos a ellos y nos convertimos en el Harvey Keitel y Robert de Niro de Malas Calles: unos tipos con ansias de
poder, emborrachándose en tascas de mala muerte, distribuyendo algo más que un
par de gramos y pegándose con todo aquel que osara meterse en sus problemas.
Estamos descarriados, apáticos e irreconocibles para las
personas, que alguna vez, creyeron en nosotros. Además, ya no somos unos
cachorros, lo que significa que estamos pagando o pagaremos las consecuencias
de nuestro estilo de vida.
En mi caso, yo siempre fui más un observador que un
protagonista. Sin embargo, para ser sincero, me gusta ese tipo de vida: estoy
descarriado. Voy de tasca en tasca, de barra en barra discutiendo con quien
sea, creyéndome alguien que no soy. Sin
saber qué hacer, a quién querer, a qué atenerme, qué camino coger y qué tipo de
hombre ser.
Pero lo más triste de todo son los cachorros de ahora: ellos
no juegan a ser Messi o Cristiano, ellos juegan a ser como los tipos
descarriados de su barrio. Ya no quedan liantes inocentes.
Es cierto que en la clase media-baja sigue habiendo una
fuerte depresión. Es cierto que la vida política nos ha desterrado de su organigrama.
Es cierto que vivimos atormentados, que nuestra guerra no es física sino
espiritual. Y es cierto que vivimos en una sociedad, cada vez más,
hedonista. Pero eso no nos impide que
eduquemos bien a nuestros cachorros. Tengamos la decencia de inculcarles la cultura
del esfuerzo ante la apatía y que el respeto no procede del miedo sino de la
admiración. Que nuestras calles estén limpias y podamos estar orgullosos del
lugar del que venimos.