jueves, 7 de julio de 2016

Cuando éramos cachorros




¿Qué nos ha pasado?, ¿Cuándo empezamos a apreciar la apatía ante el esfuerzo?, ¿cuándo empezamos a alabar al traficante y a llamar fracasado al obrero?,  nosotros no pensábamos así.

Cuando éramos cachorros nuestras ideas eran distintas, tenían un código, una fuerte personalidad. Siempre respetábamos a los perros más grandes y mayores: apreciábamos al graciosillo de turno, aquel que las liaba sin maldad y se llevaba a las chicas. No apreciábamos al maquiavélico, aquel que necesitaba algo más que sus propios puños para llevarse la victoria, pero, a pesar de su afán de protagonismo, no le llegábamos a respetar por mucho miedo que le tuviésemos.


Cuando éramos cachorros admirábamos a nuestros deportistas favoritos, a las estrellas de cine, a nuestros padres e incluso sentíamos cierto cariño hacia algunos profesores que tanto nos enseñaron. No admirábamos a ladrones, ni a proxenetas, ni a traficantes, ni a extorsionistas.

Realmente, nunca fuimos ángeles: cuando éramos cachorros imitábamos a aquellos perros que apreciábamos, pensando que algún día nos uniríamos en caos y armonía. Crecimos en un lugar donde se destetaba a los perros con mayor pedigrí, esa aversión hacia esa clase social nos provocó un complejo que, a día de hoy, se ve reflejada en nuestras formas. Nos gustaba salir a la calle y jugar con lo que fuese pero siempre nos recogíamos cuando nuestras madres nos llamaban para cenar. Éramos chicos de portal.

Poco a poco dejamos de ser cachorros y nos convertimos en una banda de quinceañeros tocapelotas, pero sin maldad, como nuestros apreciados percusores. Solo queríamos hacer un poco el tonto sin llegar a herir a nadie. Pero un día descubrimos que nuestros percusores habían cambiado: ya no las liaban de forma inocente, ya no se bastaban de sus puños y ya no tenían miradas limpias.
Teníamos 15 años cuando nuestros ídolos del barrio nos enseñaron lo que era la cocaína, demás sustancias y cómo debíamos comportarnos en aquel ambiente; ¿era normal que con 15 años nos enseñaran ese mundo?, ¿qué clase de sistema permite eso?
A algunos de nosotros nos horrorizaba aquello que acabábamos de visualizar pero en cambio algunos otros sintieron una fascinación inmediata; aquellos chicos, de la noche a la mañana, dejaron de llegar a casa cuando sus madres les llamaban para cenar. Varios de mis amigos habían dejado de ser chicos de portal para ser chicos de esquina. En el fondo sabía que era inevitable; varios de ellos venían de familias desestructuradas por la droga o, simplemente, siempre ambicionaron llegar a ese ambiente.

Eran como el Trío Ternura de Ciudad de Dios con sus pequeños golpes, su tráfico a una mínima escala y sus delirios de grandeza. Luego, al terminar la adolescencia, me uní en caos a ellos y nos convertimos en el Harvey Keitel y Robert de Niro de Malas Calles: unos tipos con ansias de poder, emborrachándose en tascas de mala muerte, distribuyendo algo más que un par de gramos y pegándose con todo aquel que osara meterse en sus problemas.

Estamos descarriados, apáticos e irreconocibles para las personas, que alguna vez, creyeron en nosotros. Además, ya no somos unos cachorros, lo que significa que estamos pagando o pagaremos las consecuencias de nuestro estilo de vida.
En mi caso, yo siempre fui más un observador que un protagonista. Sin embargo, para ser sincero, me gusta ese tipo de vida: estoy descarriado. Voy de tasca en tasca, de barra en barra discutiendo con quien sea, creyéndome alguien que no soy.  Sin saber qué hacer, a quién querer, a qué atenerme, qué camino coger y qué tipo de hombre ser.
Pero lo más triste de todo son los cachorros de ahora: ellos no juegan a ser Messi o Cristiano, ellos juegan a ser como los tipos descarriados de su barrio. Ya no quedan liantes inocentes.


Es cierto que en la clase media-baja sigue habiendo una fuerte depresión. Es cierto que la vida política nos ha desterrado de su organigrama. Es cierto que vivimos atormentados, que nuestra guerra no es física sino espiritual. Y es cierto que vivimos en una sociedad, cada vez más, hedonista.  Pero eso no nos impide que eduquemos bien a nuestros cachorros. Tengamos la decencia de inculcarles la cultura del esfuerzo ante la apatía y que el respeto no procede del miedo sino de la admiración. Que nuestras calles estén limpias y podamos estar orgullosos del lugar del que venimos.

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