
Buscaba razones para seguir indagando en mi holgazanería.
Motivos para seguir bebiendo en las peores tascas de la ciudad, hasta perder el
sentido. Excusas para no llegar a casa antes de las nueve de la mañana. Razones
que basaba en mi juventud, en mis malas o buenas notas, en encontrar o no un
empleo, o, incluso, en celebrar que era otro maldito viernes de un febrero
lluvioso y frío. Pero, en realidad, no tenía razón, no tenía ningún tipo de
justificación: me gustaba ir de tasca en tasca manteniendo conversaciones
banales que olvidaría a la media hora. Me gustaba pasar noches en barrios de
mala muerte para mantener una conversación de alcohólicos y drogadictos con
vete tú a saber quién. Me gustaba ser un
desgraciado.
Me gustaba ir de poeta maldito, me justificaba en que sin
caos en mi vida, no se podía dar lugar a una estrella. En realidad, era otra
triste razón para seguir bebiendo y holgazaneando. Me creía una especie de
Bukowski o Hank Moody, pero no les llego ni a las suelas de los zapatos, ni tan
siquiera soy tan borracho.
Iba con una cerveza en la mano paseándome por todos los
salones de juego y casas de apuestas de la ciudad. Mi razón era utilizar mi
mermada inteligencia para que la diosa fortuna me generara la satisfacción de
una seguridad económica para iniciar proyectos personales. Pero, una vez más,
no tenía razón: el ruido de las máquinas, el dinero instantáneo, sin esfuerzo, me
provocaba una reacción que desataba todos mis vicios; cogía el dinero y me
pimplaba otra botella de whisky sin miramientos.
Como Johnny Cash, reconocí la perfección cuando la vi. Se presentó
con una exuberante melena oscura. Me crie con la idea equivocada del amor
romántico, del flechazo a primera vista, de las películas empalogasas de Meg
Ryan y John Cusack. Pero, al igual que le pasó a Johnny Cash, mi búsqueda
impaciente dio lugar al silencio, a la indiferencia e, incluso, al
ostracismo. Base mi defensa en la
injusticia, en un trato desfavorable y en los caprichos de un corazón herido.
Sin embargo, no tenía razón; la ansiedad y la incoherencia se apoderaron de mí.
Los meses de alcohol y ruina pasaron factura. Me mostré vulnerable y, aún así,
no conté con ninguna empatía .Aunque duela decirlo, perdí la oportunidad de
contactar con una gran persona, y quiero pensar que ella también perdió amistad con un buen chico.
El verano me sirvió para encontrar razones reales, razones
de peso para iniciar una nueva vida. Para iniciar, por fin, un proyecto personal.
Este verano le dije adiós a todas esas cosas que quise hacer por última vez:
deje el whisky en el supermercado, hice oídos sordos al ruido de las máquinas,
y eliminé la baja autoestima. Y aunque siempre me vea como un payaso triste, he
decidido que si nada ni nadie, fuese en lo que fuese, me iba a dar una
oportunidad, me la daría yo a mi mismo.
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