Parece que fue ayer cuando Cory formaba parte de nuestra
pandilla, era sin duda el chico más ambicioso y audaz que conocimos.
Richard Cory era extremadamente
inteligente, a su lado parecíamos simples conejillos de indias. Era guapo,
con porte imperial, me sentía el patito feo ante su presencia. Pero no solo le
bastaba con ser inteligente y guapo también era tremendamente simpático y
amable, da igual que tuviera prisa el siempre saludaba y si tenias un problema
el siempre intentaba ayudar.
Ante todo su mayor rasgo era su ambición: no le bastaba con ser el primero de la clase, tenía que
sacar lo máximo, cuando no lo hacía daba vueltas en su cabeza y no abría la
boca en todo el día. Mientras nosotros hacíamos pellas y fumábamos a escondidas, el se quedaba en
clase exprimiendo cada neurona, debía estar atento porque por la tarde no tenía
tiempo para estudiar, tenía que hacer mil cosas y todas las hacía con suma
facilidad. Incluso cuando jugábamos pachangas de fútbol en el barrio lo daba todo, no se conformaba con
jugar y pasarlo bien, tenía que marcar, quería que se notara su presencia en todo lo que hacía.
Nosotros discutíamos sobre quién será el próximo balón de
oro, Cory hablaba de la bolsa y la economía mundial. Mientras nosotros nos levantábamos
resacosos los sábados por la mañana, Cory corría 5 km y acudía a conferencias de personalidades importantes en
el mundo de las finanzas.
La madre de Cory estaba sorprendida ante la actitud de su
hijo; Cory venía de una familia de obreros de lo más normal y la verdad no entendía
muy bien los principios de Cory.
Cory llegó tan lejos
como se atrevió a soñar, abandonó el barrio y se fue a Nueva York, allí
vivió un cuento de hadas; mujeres se tumbaban desnudas en su cama, coches
deportivos se aglomeraban en su parking. No obedecía ante nadie, era su propio jefe, probó a ser Dios y le funcionó.
Pero incluso los
cuentos de hadas ocultan una trama oscura…Richard Cory tenía absolutamente
todo excepto una premisa sin la cual estaba perdido: amor. Se dio cuenta de que estaba solo. Sí, mucha gente a su
alrededor pero solo estaban con él por su cuenta corriente. Nunca se enamoró de
ninguna porque sabía que ellas no se enamoraban de él precisamente. Así que
empezó a darle a la bebida y perdió la ilusión, aquella ilusión que le sirvió
para salir del barrio.
Una noche de verano,
Richard Cory contemplaba Nueva York desde su azotea bebiendo Jack Daniels. De
repente unas melancólicas lágrimas brotaron por sus ojos, los recuerdos de sus
años en el barrio se le acumularon y se preguntó qué sería de nosotros, qué
sería de su familia que no ha visto desde hace 10 años. Echaba de menos jugar a
la videoconsola con nosotros. Echaba de menos a Carolina, su novia de los 15
años. Echaba de menos cuando su madre le gritaba por la ventana que la cena ya
estaba en la mesa, mientras él jugaba al
fútbol en la pista.
Nosotros seguíamos en el barrio, seguíamos hablando del balón
de oro y seguíamos jugando pachangas. Tuvimos hijos y llegábamos justos a fin
de mes. Pero aún así estábamos unidos y sonreíamos.
Cory salía en los periódicos y conocíamos perfectamente sus
hazañas. Envidiábamos su riqueza, su dominio de lenguas, sus mujeres, sus
coches, sus trajes Gucci...apenas nos daba para dar de comer y vestir
dignamente a nuestros hijos, seguíamos en el mismo barrio que poco a poco se
iba pudriendo. Nos preguntábamos cómo era posible que aquella persona sumamente
perfecta hubiese compartido un pasado con unas personas tan vulnerables como
nosotros. Daríamos lo que fuese por
vivir aquella vida.
Mientras le envidiábamos, aquella jodida noche de verano, ante
la mirada del Empire State, Richard Cory cogió su Glock y se pegó un tiro en la cabeza.
*Me he inspirado en mi poema favorito de mismo nombre escrito por Edwin Arlington Robinson. Os recomiendo encarecidamente su lectura. A mi me desgarra cada vez que lo leo.
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